Son las tres y media de la mañana y el hombre no puede dormir. Da vueltas en la cama queriendo coger esa posición que le permita conciliar el sueño de nuevo, pero no llega a conseguirlo. De repente se levanta, se dirige al salón, enciende la televisión y vuelve a recuperar el hilo de lo que no le deja dormir.

Hoy le llamaron varios conocidos contándole que deben dar de baja a sus hijos del colegio porque no pueden pagarlo. Uno de ellos es piloto y su mujer azafata. Los dos en el paro y a la espera de una oportunidad. Pero, ¿qué es lo que no le deja dormir: que hayan llegado a esa situación o tal vez que los directivos de las actuales compañías aéreas sigan pensando que la única forma de continuar en sus puestos es ir enviando paulatinamente a un número importante de personas al paro?

Diariamente lee todos los digitales especializados en turismo y transporte aéreo, pero todo cuanto ve en los titulares habla de reducción, soltar lastre, sembrar desesperación e intranquilidad. Ni una sola noticia esperanzadora. Ni un vamos a afrontar todo esto juntos, vamos a mejorar nuestra “programación operativa” para hacer frente al reto que tenemos enfrente,… ¿por qué hablo de programación operativa? Porque implica la adecuación de las plantillas, de nuevas rutas, de mejora de recursos en un área que es “el corazón y el alma de una compañía aérea”.

Nada. Sólo silencio tan solo roto por la palabra reducción. No existe para ellos, lucha, coraje vamos a trabajar más y vamos a cambiar nuestra estrategia, vamos a lograrlo, con el esfuerzo de todos.
Al hombre meditabundo, en parte a punto de ser vencido por el sueño, le vienen a la memoria las palabras que algunos las podrán considerar demagógicas o estúpidas: “Dios tiene las manos atadas si no cuenta con la colaboración humana de las personas”.

Se pregunta como hemos llegado a esto y todo lo que se le ocurre es pensar: “hemos llegado a esto por la corrupción del bien, esto es el mal”.
¿Dónde está entre los directivos actuales la idea de no condenar sino levantar ánimos de esperanza?, se dice asimismo. ¿Cómo no piensan que lo más elocuente no son las palabras, sino los hechos?

Tengo un buen amigo, piensa, al cual quiero como un hermano y que dirige una compañía aérea. Éste siempre le dice “yo quiero ser un ejecutivo bien pagado, sólo eso”. ¿Pero cómo se puede estar bien pagado si no hay nuevas empresas ni quien las cree?, al final el sueño está por vencerle y se dice: “sé lo que debo hacer pero no sé lo que haré. Pienso en mi amigo y la amistad y me viene al recuerdo las palabras de Cicerón, “la amistad no es otra cosa que la concordia total de pareceres sobre todas las cosas divinas y humanas sumada a la benevolencia y el afecto””.
Profundamente apesadumbrado por lo que ve y con la idea de que le gustaría luchar, se retira de nuevo a su cama, aunque no sin antes pensar en algo que escribió viendo la Cascada de Atlahuitzia, en América: “La vida es como una enorme cascada de agua escalonada y con pequeños y cortos rápidos entre escalón y escalón. Hermosa cuando se origina, triste cuando cae chocando como la vida misma en los diferentes salientes de la roca. Uno choca con la piedra y continua su inevitable camino, siguiendo la corriente, como la vida”.

El agua como la vida, empieza como una cascada. Se deja caer lentamente y a medida del devenir de la misma va cogiendo más y más velocidad, hasta que por fin termina en el lecho del río. Así es para mí la vida: lenta al inicio y rápida en la caída, para luego desaparecer mezclada junto a otras aguas en el arenoso lecho del río.

Todos descendemos de una hermosa cascada de agua que es la vida para terminar fundiéndonos en un abrazo con el agua del río y descender por el curso del mismo y terminar en el lago de un hermoso valle, tal vez el valle de las lágrimas.

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