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He perdido la esperanza de enseñar nada a nadie, y menos a mi mismo. Es posible que mis palabras puedan molestar a alguien, pero he llegado a una edad en que como los viejos árboles, empiezo ya a morir por la copa.

Me refiero a todo lo que he podido leer en estos días sobre la compra de Spanair. Y si bien es cierto que me ha sorprendido, como a muchos, la aventura de los empresarios catalanes, no por ello me han dejado de sorprender algunas de las reacciones posteriores, sobre las que modestamente tengo una opinión contraria.

Manifestar que no se pueden comprar empresas con caudales públicos o bien apoyos semi públicos, en especial por parte del presidente de Iberia, me parece pura demagogia. Creo que Iberia tiene entre su accionariado a Caja Madrid, con vínculos políticos muy importantes. Si ese es el caso por qué la Caixa no debe apoyar a los empresarios catalanes para quedarse y sostener a la segunda compañía aérea española. Qué fácil es decir que el mercado debe regularse por sí mismo, qué importan al fin y al cabo los empleados de Spanair, que no son pocos.

Siempre he creído y de hecho lo sigo creyendo que el empresariado catalán no ha tenido ni tiene visión aeronáutica. Pero el valor de este acto debemos juzgarlo por su oportunidad. Además del hecho constatado de que los catalanes quieren tener su propia empresa aérea, yo añadiría que aunque el orgullo no es una virtud, puede ser el padre de muchas virtudes.

En este caso concreto recurren al tema circunstancias especiales, por lo que el hecho debe ser más rápido que el pensamiento. La acción para mí es lo único que tiene valor. En este caso los individuos que compran lo hacen por tres únicas razones: por honor, por dinero, por orgullo. Si con eso salvamos a una de nuestras más importantes compañías aéreas de este país yo soy de los que piensan que por una buena causa, el orgullo se convierte en virtud.

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