EL ORFANATO

Josef, no tendría más de 17 años. Toda su vida la había pasado de un orfanato a otro, sin padres y sin familia que le esperaran, su vida transcurría con una gran monotonía. Los jueves era el único día que podía acudir a la biblioteca y conseguir un libro que el Reverendo Roman repartía entre los más de 70 niños que habitaban aquel viejo Orfanato, en las afueras de Hannover , sólo le apasionaba su amor por los libros de Hergue, con Tintín y Milú, no había otro aliciente. Para él, semana a semana leía y releía cada uno de los títulos de Tintín. No sabía que le esperaba en su vida, sólo que su futuro era incierto. Evadirse con las aventuras del reportero era lo único que le mantenía vivo. La disciplina en aquel lugar era espartana, o quizás, más que eso, las monjas franciscanas eran implacables con todos y el control que ejercían sobre los muchachos era férreo.
A las doce del mediodía, al término de las clases, todos los compañeros se sentaban y hablaban del presente, pero sobre todo del futuro. Alguien le comentó que unos cubanos habían llegado de Cuba a Madrid escondidos en el tren de aterrizaje de un avión; uno había muerto pero el otro se había salvado. Aquella noche no pudo dormir, pensaba y pensaba en la forma de abandonar aquella casa de locos y encontrar su destino, tal vez en otro país y proseguir su vida sin tener que caer constantemente encerrado sin saber cuando podría abandonar su encierro.
En el aeropuerto de Hannover era ya noche cerrada. El comandante del avión había pedido al agente de handling que le embarcaran rápidamente; primero por mantener su horario y segundo porque los pasajeros eran agentes de viajes alemanes muy importantes para su compañía. El avión, un Boeing 737-300 de nueva tecnología que recientemente había sido incorporado por su empresa, reunía las condiciones para que los pasajeros tuvieran un viaje confortable; su destino final era Palma de Mallorca. Era verano de 1987.
Cuando el Jefe de Cabina le confirmó que todo el pasaje estaba a bordo puso en marcha los motores y solicitó permiso para rodar a la pista 09L. Alcanzar esta pista lleva consigo tener que rodar el avión más de lo habitual por su lejanía de la Terminal. Al llegar al “punto de espera”, tuvo que aguardar unos cinco minutos o más porque había otros aviones a punto de despegar, por lo que el Comandante informó a los pasajeros del pequeño retraso y fue contemplando como los aviones que tenía delante iban abandonando Hannover. Toda esa zona era de una gran oscuridad y sólo se veía iluminada con las luces de los aviones que se acercaban para despegar.
Josef se encontraba entre unos matorrales de la cabecera de la pista y sólo le separaba una valla metálica para alcanzar su libertad. No dudó ni un instante; pudo subirse a cualquiera de los aviones que allí esperaban su turno para salir pero el destino le tenía reservado el vuelo a Mallorca. Corrió y saltó como un atleta, se dirigió directamente a una de las patas del tren de aterrizaje, apoyó su pie en la rueda y con las manos se agarró al fuselaje subiendo de forma ligera a lo que los técnicos llaman “WHEEL WELL” (pozo del tren), donde hay espacio aunque parezca imposible para más de dos personas, se apartó lo más que pudo de la zona donde descansan las ruedas después del despegue. Esperó confiado en el destino, llorando aunque ninguna lágrima rescata nunca el mundo, ni el sueño que se desvanece, con una mezcla de fe consciente, que es la libertad, pero también mucha fe mecánica, que te lleva a la locura.

El Boeing 737-300 despegó con Josef. Las compuertas del tren se cerraron y con ello también la vida de Josef. Nadie le había advertido de la falta de oxígeno y el frío de más de 50 grados centígrados bajo cero. Su muerte fue dulce pero definitivamente no pudo escapar a su destino, estaba recluido y murió recluido.
Nadie a bordo podía imaginarse que tenían un polizón a bordo. El vuelo fue normal hasta que en el proceso de aproximación al aeropuerto de Palma; cuando la tripulación fue a sacar el tren de aterrizaje se percataron que una de las patas no salía, repitieron por procedimiento la maniobra pero no había manera; el Comandante le solicitó al segundo piloto que fuera al centro de la cabina donde debajo de la moqueta, en el pasillo, existe como un ojo de buey para ver el tren, el hombre quedó petrificado cuando le pareció ver un cuerpo humano en el pozo del tren.
Volvió a la cabina y se lo comunicó al Comandante quien no podía creer lo que le estaban comentando. Avisado el control aéreo, se dirigió para hacer esperas sobre “MIKE JULIET VICTOR”, hasta tomar la decisión de hacer un aterrizaje forzoso o ver si definitivamente podía sacar la pata del tren que el cuerpo de Josef impedía salir.
Después de 45 minutos y de una cantidad de intentos el cuerpo de Josef cayó al vacío y el tren de aterrizaje quedó estabilizado.
El avión aterrizó sin mayores consecuencias y Josef encontró su “destino” triste pero al fin y al cabo el único que podía encontrar ante su desesperación por encontrar la libertad.
Los alemanes jamás reconocieron, como es habitual en ellos, que esta historia pudiera ser real y pasara en su propio país con magníficas medidas de seguridad, pero la perfección no existe y creo que ese día volvieron a percatarse, o tal vez pensaron que nada hay tras la muerte, la misma muerte es nada

TOMAS CANO

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