PEPE HIDALDO
Se habla mucho sobre la salud de Juan José Hidalgo, de sus problemas y parece que en este País nadie quiere reconocerle, como un gran empresario, a pesar de su carácter a veces colérico , y atípico pero para mi es un gran empresario.
Alguno pensará que le debo algo, pues se equivoca, jamás me ha ayudado cuando le he pedido ayuda pero eso no le convierte en el blanco de iras estúpidas como todo hombre se habrá equivocado, pero a sabido llevar a su grupo Globalia o Air Europa hasta lo más alto, ha sido un hombre que nunca ha doblado su cabeza siempre la ha mantenido en alto y sigue mirando al mundo a los ojos.
La vida no le ha envejecido, porque lo que realmente nos envejece es el corazón.
No importa cuan fuerte pegues en la vida sino lo fuerte que seas para soportar los golpes de los demás y de la propia vida.
La clave de su éxito ha sido a pesar de sus defectos que todo el mundo los tiene y . la clave de su éxito y de ser un líder , es no tener muchos defectos y no cometer un error fatal, cosa que hasta la fecha ha conseguido a pesar de sus detractores, Todo cuanto humildemente puede recomendarle a Juan José Hidalgo es el relato de este cuento que espero le ayuda o sobrepasar sus problemas actuales en el convencimiento de que muchos le seguiremos admirando por aquello que a hecho y que hoy se ha hecho merecedor por su edad, y trayectoria profesional.

Era un venerable maestro. En sus ojos había un reconfortante destello de paz permanente. Sólo tenía un discípulo, al que paulatinamente iba impartiendo la enseñanza mística. El cielo se había teñido de una hermosa tonalidad de naranja-oro, cuando el maestro se dirigió al discípulo y le ordenó:
-Querido mío, mi muy querido, acércate al cementerio y, una vez allí, con toda la fuerza de tus pulmones, comienza a gritar toda clase de halagos a los muertos.
El discípulo caminó hasta un cementerio cercano. El silencio era sobrecogedor. Quebró la apacible atmósfera del lugar gritando toda clase de elogios a los muertos. Después regresó junto a su maestro.
-¿Qué te respondieron los muertos? -preguntó el maestro.
-Nada dijeron.
-En ese caso, mi muy querido amigo, vuelve al cementerio y lanza toda suerte de insultos a los muertos.
El discípulo regresó hasta el silente cementerio. A pleno pulmón, comenzó a soltar toda clase de improperios contra los muertos. Después de unos minutos, volvió junto al maestro, que le preguntó al instante:
-¿Qué te han respondido los muertos?
-De nuevo nada dijeron -repuso el discípulo.
Y el maestro concluyó:
-Así debes ser tú: indiferente, como un muerto, a los halagos y a los insultos de los otros.
TOMAS CANO

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