Fiesta de San Roque

Aquella fiesta de San Roque, patrono de Pitres, fue diferente a todas. Por la noche como cada año en estas festividades todo el pueblo se había reunido en la plaza. Corría de boca en boca una noticia que había dado punto final a una situación por todos conocida y comentada desde hacía mucho: finalmente Paco, el guitarrista, y Almudena, la mujer de Ignacio, el herrero, se habían fugado. Todavía no estaba confirmado pero nadie dudaba el hecho. Hacía una semana que no se los veía. Era rara la tarde que Paco no bajara a la plaza y se enredara en alguno de los bares hasta altas horas de la noche. Sus manos eran como golondrinas inquietas sobre las cuerdas de la guitarra lo que unido a su buen timbrada voz, le permitía desgranar hermosísimas coplas del variado repertorio de su cante. Así, cuando las copas siempre de invite y el cansancio comenzaban a ser evidentes en su estado, regresaba a su cortijo en Capilerilla. El mediodía siempre lo encontraba en sueños. Su arte le permitía vivir ajeno a las penurias del trabajo rural. Eran abundantes las propinas de los parroquianos para que interpretase determinadas canciones. Sus manos jamás habían tocado la mancera de un arado o el mango de un azadón. Bien parecido y poseedor de un carácter simpático, quebraba con su alegría contagiosa la hosca y taciturna forma de ser de los hombres del lugar. Siempre cuidada su vestimenta, la cual, según comentarios eran fruto de regalos de mozas que no podían resistir el poder de seducción del cantaor. Se le atribuían infinidad de romances fugaces que se concretaban en su apartado cortijo. Pero lo que hacía meses se rumoreaba había dejado de ser algo transitorio.

No hacía mucho tiempo que Almudena e Ignacio se habían casado. Ella era una delicada flor de Altaibetar, nacida en un humilde hogar de labriegos. La adornaban tal gracia y donaire, que desde su adolescencia ya había hecho suspirar a más de un mozo de los alrededores. No se supo bien como fue que Ignacio la conquistó. Casi diez años mayor que ella, tal vez vio en él la seguridad de alguien con un oficio independiente y bien considerado. También se dijo que mucha influencia habían tenido sus padres en el “sí” de Almudena. La cuestión es que la relación se formalizó. Ignacio era un buen hombre. Pasaba largas horas frente a la fragua, y el cadencioso golpeteo de su maza sobre el yunque , daba graciosas y artísticas formas a esas lenguas de fuego, para ir conformando hermosos bucles ferrosos. No era hombre de frecuentar los bares, y cuando lo hacía, prefería beber en silencio en la más apartada mesa del establecimiento. Como todos , había disfrutado cuando entraba Paco con su guitarra, pero desde el inicio de los comentarios, se levantaba apenas éste entraba, pagaba lo suyo y se retiraba saludando en voz baja, percibiendo la mirada de todos y oyendo alguna risita mal disimulada. Pero su verdadera pasión era algún fin de semana tomar su escopeta de doble caño y salir de cacería. Se internaba en el coto familiar y recorría los mismos senderos que desde niño conocía palmo a palmo. Sentado al amparo de la sombra de algún castaño generoso solía fumar pausadamente alternando alguna pitada con un trago de vino rústico de su bota. Y mientras fumaba y bebía su mente se sumergía en profundas cavilaciones. El también estaba enterado de esos comentarios que tanto le dolían .Existen detalles, signos sutiles que son prueba inequívoca para un hombre cuando una mujer no da todo lo que en la intimidad puede dar. Un gesto, una sumisión molesta, una caricia interrumpida, suspiros fingidos, excusas banales que sin lugar a dudas son rechazos dolorosos que lo zaherían y él soportaba con estoicidad. ¿La amaba?…¡pues sí!, y mucho, pero lo hacía en silencio. Tal vez porque en su trabajo reinaba el estrepitoso repicar de los hierros, habíase forjado en él un carácter introvertido y en apariencia duro. Solo en su mirada poderosa o en algún gesto simulado en su boca, podían percibirse para quien le interesara, su preocupación, su curiosidad, enojo, nostalgia, pero nunca alegría. ¿Pero qué era eso que el pueblo rumoreaba?, ¿qué Almudena y Paco el guitarrista mantenían un romance clandestino? Ignacio sufría y mucho. Fue aquella tarde en que se reunieron en el convite del bautizo de un sobrino suyo, Paco fue invitado para amenizar la reunión con su cante y su guitarra. ¿Porqué ella se desvivía en procurar que la copa del cantaor no estuviese vacía?; ¿porqué esos aplausos y vivas tan efusivos luego de cada interpretación?. ¿Fue casual el roce de sus manos en una de las oportunidades en que ella le escanció vino y su consiguiente turbación y rubor? . Pues nada era prueba de algo, pero todo sumaba; como esa contínua salida de Almudena a visitar a una prima en Fondales, a sus padres en Altaibetar, a su hermana en Pórtugos… Por estas visitas descuidaba el orden del hogar, y a veces él regresaba de la forja y la cena no estaba lista, o directamente llegaba después. Estaba en estas cavilaciones acompañado por el zumbido de los moscardones y el susurro de la brisa, cuando de pronto un sorpresivo aleteo lo hizo volver a la realidad. Tras unos arbustos dos perdices emprendían su pesado vuelo. En un acto reflejo empuñó su escopeta y las derribó con dos consecutivos y certeros disparos. ”Dejémonos de historias” murmuró, y fue a recoger a sus víctimas.

Pitres se preparaba para la fiesta de San Roque. Paco había anunciado desde hacía varios días que tal vez esas serían las últimas fiestas en las que participaría. Estaba pensando radicarse en Buenos Aires. Esperaba la confirmación que un pariente suyo, afincado allí, y promotor de su entusiasmo, para concretar el proyecto. En los bares y entre risas le preguntaban si pensaba viajar solo. Hasta hubo un gracioso que le recordó pasar antes por la herrería para ver si necesitaba algo. Ignacio, en su casa también percibía un clima de más nerviosismo. Almudena parecía como ausente, casi no comía y su andar por la casa era diferente a su costumbre. En otros momentos, su mirada se perdía en algún punto lejano a través de la ventana e Ignacio tenía que nombrarla más de una vez para que ella se diese cuenta que pretendía decirle algo. Pero en vísperas de la fiesta, a Ignacio se le heló la sangre. En un viejo armario de una de las habitaciones menores de la casa, vio la maleta que Almudena trajo cuando se casaron. Dentro de ella, prendas prolijamente preparadas, zapatos y unas viejas fotos familiares.

Los cohetes taladraron la noche profunda y la quebraron entre luces y estruendos. Algunos parecieron sonar como bramidos de cañones vengadores. La plaza iluminada por decenas de bombillas multicolores explotó en algarabía, risas y bailes. Músicos improvisados trataban de paliar la ausencia de Paco y su guitarra. Ni él, ni Almudena o Ignacio fueron vistos en toda la noche.

Pero pasaron unos días y la familia de Almudena fue a lo de Ignacio a interesarse por ella. Él, simplemente les contestó que preguntaran a la gente del pueblo, o que buscaran a Paco, que encontrándolo a él, también la hallarían. Los padres de Almudena no eran ajenos a los rumores del pueblo, pero no obstante hicieron la pertinente denuncia policial. Un juez de Orgiva y la guardia civil se presentaron a poco en el pueblo. Entre las diligencias efectuadas, fueron al cortijo de Paco y penetraron en él. Todo estaba en aparente orden, aunque se notaba la falta de ropa en los armarios y no pudo hallarse la guitarra del cantaor. Sobre un armario se encontraron las cartas del pariente de Paco en que le comunicaba que ya tenía todo preparado y que esperaba con ansiedad su viaje a aquellas tierras. El único detalle que no encajaba con lo que todo el mundo decía ya saber, era que la habitación principal había sido recientemente pintada. No se entendía como alguien que está a punto de emprender una aventura transoceánica se ocupara en encalar prolijamente un dormitorio. El juez dejó el caso abierto, pero el tiempo se encargó de ir cerrándolo. A pesar del precinto judicial, el cortijo sufrió sucesivas invasiones y hurtos, hasta convertirse prácticamente en una ruina. Ignacio, sin poder soportar los comentarios y su vergüenza, vendió su propiedad y se radicó en las afueras de Órgiva. Sin embargo hasta allí lo persiguió la fama, y al cabo de pocos años, el alcohol, el tabaco, pero sobretodo la pena, lo llevó a la tumba.

De vez en cuando, en las aburridas tertulias de los bares salía el caso como tema de conversación. Una vez alguien trajo la noticia que un tal Paco, cantaor andaluz, había hecho fama y fortuna en el plano artístico por aquellas lejanas tierras. Incluso se trajo un recorte de un diario argentino que mostraba un anuncio del cantante con su foto que había traído uno de los pocos paisanos que yendo allí había decidido regresar. A pesar de los años transcurridos y tratando de imaginar los posibles cambios experimentados, el parecido era notable. Para muchos quedó como seguro que quien aparecía en la foto y Paco eran la misma persona.

Recién comenzados los años setenta, apareció un hombre joven, indiano, pero radicado desde hacía tiempo en Granada a reclamar el cortijo de Paco. Dijo ser un sobrino, pero todo el mundo opinaba que con seguridad era un hijo suyo. Otra vez aquellos que fueron amigos de Paco discutieron en las tertulias al igual que lo habían hecho con la famosa foto del artista, que si la nariz, que si la boca, o los ojos eran los del cantaor.

El joven se acercó hasta la propiedad acompañado por tres albañiles. Fue difícil distinguir el cortijo pues las zarzas y los arbustos lo cubrían prácticamente todo. Sin embargo el casco de la edificación era perfectamente recuperable con una pequeña inversión. La tierra ni era mala ni pequeña. Todavía quedaban muchos almendros y olivos y una buena haza para huerto. En pocos días se limpió la zona y comenzaron las reformas. Se comenzó a quitar los viejos revoques. De pronto, la piqueta de uno de los albañiles atravesó una de las paredes. _”patrón, parece que esta parte está hueca.”_ dijo el peón. A todos se les despertó una súbita inquietud. Era común que en estas construcciones varias veces centenarias se hubieran escondido riquezas en oquedades, y siempre se hablaba de tesoros encontrados que se remontaban incluso a época de los moros. La falsa pared fue cayendo rápidamente. Apenas hubo lugar para asomarse así lo hicieron. Dentro, dos esqueletos con los cráneos perforados por certeros escopetazos; un par de maletas cerradas, y entre ambos, el estuche polvoriento de una guitarra, que al abrirlo, presentó al instrumento aún reluciente, y con las cuerdas perfectamente tensas y afinadas.
10 de junio de 2002

Anuncios