El viaje desde Barcelona al colegio, que estaba ubicado en el Maresme, era tortuoso por coche y también lleno de angustia por saber donde te llevaba el destino.

Al cabo de unas horas, en la medida que nos acercábamos al final del viaje y al principio de una nueva vida, para un niño de cinco años, iba acompañado de los últimos rayos de luz de aquel día de 1955, llegando a las puertas de un gran caserío que estaban cerradas, y en el que el nombre del colegio era ilegible por la oscuridad. Un gran portón se abrió ante todos lo que estábamos dentro del automóvil, sin darme cuenta la oscuridad vino acompañada de una fina lluvia al principio, y que dio paso a una gran tormenta. Una monja franciscana salió a nuestro encuentro en un gran patio donde el auto se había detenido, los ocupantes del vehículo me rogaron que saliera y la monja a grandes zancadas y gran rapidez, posiblemente para no mojarse, me acompañó por unas interminables escaleras hasta un gran dormitorio donde tal vez habían más de treinta camas. Con una mirada y dándome un pijama, me asigno una cama que estaba vacía y que yo entendía que a partir de aquel momento sería la mía, me cambié desvistiéndome lentamente y dejando doblada mi ropa a los pies de la cama, alcancé a ponerme mi nuevo pijama e introduciéndome en aquel camastro procuré conciliar el sueño, no sin antes ver como la monja se retiraba y apagaba una triste luz que me dio la impresión de que no iluminaba, sino que daba una simple penumbra y que prácticamente impedía ver mas de lo necesario y menos al resto de niños que por su aspecto parecían que llevaban durmiendo ya algunas horas.

No podía cerrar los ojos sólo pensaba de qué manera se puede una familia romper y romperse también el corazón de un ser humano, esa fue la primera vez en mi niñez que conocí la pena, a partir de entonces sabia que debería jugar con ella, ya que no se separaría de mí hasta que un día con doce años abandoné aquel lugar.

Tal vez esa experiencia me enseñó algo importante y que siempre he buscado con el corazón mas que con los ojos y que ha sido la familia, los amigos, el valor de la amistad y la caridad hacia mis semejantes.

Uno se pasa prácticamente toda la vida luchando contra los elementos que le van surgiendo en su transcurso, como si fuera una carrera de obstáculos interminables.

La vida, que como dijo Santiago Russiñol, es larga como el palo de un gallinero, pero llena de mierda.

En estos pensamientos estaba enfrascado, pensando, que no sólo he buscado en mi vida lo mejor para mi familia sino que además he buscado a la familia constantemente. Recuerdo las noches en aquel orfanato y me viene a la memoria un poema de un poeta victoriano que tanto me conmovió cuando lo leí, y que no era otra cosa que un canto a la pena y reza así:

Era yo un niño y le dije a la pena: “Ven, contigo he de jugar” ahora todo el día la tengo a mi vera, y por las noches siempre me confiesa:
“Mañana otra vez volveré, junto a ti vendré y me quedaré”. Juntos caminamos por la floresta junto a mí susurran sus tenues pisadas; y para nuestras cabezas resguardar ha construido un cobertizo invernal, y por las noches, entre gotas de tormenta, oigo como, junto a mí, suavemente alienta.

Cuando niño dejé de ser, por fin encontré mi familia y aunque hoy nuevamente está rota, por las miserias de los hombres y en especial debido a la estulticia que llevan la mayoría de ellos en sus corazones.

Me acomodo en mi sillón y recuerdo los momentos de felicidad que he pasado con ellos y me vienen a la memoria, cuánto los echo de menos, medito con cierta melancolía y recuerdo cuando nacieron mis hijas.

La primera hija no cabe duda de que fue el amor temprano, cuando la tienes en tus brazos, te das cuenta de que una parte de tu corazón se va con ella, cuando nace la mediana suele ser el fruto de la continuación de ese amor que todavía te embarga y otra parte del corazón se ha ido con ella, por último cuando nace la pequeña, la última, tu corazón da un vuelco tal vez porque te llega cuando tu amor está ya madurando y te arrebata el resto de tu corazón.

Cuando los hijos van haciéndose mayores, piensan, y no a veces sin razón, que tu corazón lo tiene cualquiera de sus hermanas menos ellas, sin embargo en lo más profundo de tu alma, te das cuenta, que sigue teniendo esa parte de corazón que te arrebató la primera vez que la viste abrir los ojos, la mediana piensa que el estar emparedada entre dos no cuenta, pero uno siente que tiene por lo menos la mitad de corazón, y por último la pequeña piensa que tu amor, el amor de sus padres, está con las otras, cuando en realidad tiene mucho más que las demás porque ha sido capaz de tener una parte de tu ya viejo corazón y el corazón de sus propias hermanas, o como dice el poema “No hay amiga como una hermana haga sol, lluvia o nevada, para que te anime en el hastío, te oriente en el desatino, te levante si tropiezas y te sujete cuando te enderezas”.

Así se escribe la historia generalmente entre padres e hijos, que cuando se dan cuenta, de todo el amor que tienen y han tenido de sus padres, estos ya no están con ellos, porque se fueron por los designios de la divina naturaleza y ya no pueden acunarlos y decirles cuánto los quieres y lo importantes que han sido para sus vidas.

Y uno empieza de nuevo el viaje de retomo, el viaje hacia el ocaso de su vida rodeado de sus recuerdos y esperando pacientemente lo último que la vida le tenga reservado para él.

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