El niño andaba la empinada calle, cogido por la mano de su padre, prácticamente su padre tenía que tirar de él. La calle estaba sin asfaltar, y el niño tropezaba con algunas piedras del camino, acompañado de una respiración entrecortada, y lagrimas descendiendo por sus mejillas.

El niño era consciente, de que al final de la calle le esperaba el enorme portón, del internado y era consciente que esa era la frontera entre el calor de su padre y la miseria de una educación, que no comprendía y nunca llegó a comprender, porque en aquel lugar carecían de una virtud fundamental de la vida y que es complemento de todas las virtudes, la humanidad. Pero lo peor era no ver a su padre por largo tiempo.. La puerta era azul, tirando a un color plomizo en algunas partes, fruto, del tiempo, la lluvia y el viento.

El niño se cogía a la mano de su padre , y por ningún motivo quería soltarla, aunque por la fuerza que imprimía su progenitor, era tarea imposible. Sabía que cuando llegara al Hospicio, o internado o lo que aquello fuera, una monja franciscana, lo recogería y retendría, aun así, cuando su padre volvía la espalda y regresaba de nuevo a bajar la calle, él se zafaba, de la mujer de hábito y corría detrás de su padre, sollozando y le cogía la mano para que lo llevara . Pero el final era siempre el mismo, de nuevo su padre cogiéndole con cariño lo acercaba hasta dónde la vieja monja, le esperaba. Ella esperaba con una sonrisa indescriptible, con la seguridad del que sabe como sería el final, de aquellos sollozos y corazón dolido, de un niño más.

Hoy ese niño piensa en esa mano más que nunca, la mano de su padre, sus manos , las que siendo mayor besaba con amor el día que el anciano padre, partía de esta vida. Solo se decía asimismo ahora si me deja huérfano de sus manos y su corazón, ese corazón que con respiración entrecortada lo dejaba cuando era niño, en el viejo internado

Anuncios