El acceso a la confesión de Jesucristo tiene como punto de partida la
autocomunicación de Dios a través de su propio Hijo como único y definitivo
mediador de salvación, histórico y absoluto, en el que la revelación de Dios a
las criaturas llega por la gracia a la suprema e irrevocable aparición histórica.
El cristianismo ofrece al hombre el contenido de aquello que espera con fe
corajosa y que por sus propias fuerzas no es capaz de alcanzar. La presencia
del Hijo de Dios encarnado garantiza al ser humano la plenitud de la libertad y
la esperanza que lo han impulsado en la búsqueda del misterio fascinante y
tremendo, que ahora tiene rostro humano-divino. «Cristo tiene que aparecer
como verdadero hombre con una conciencia creada y un centro de libertad
activo y humano, es decir, como aquella cuestión que es el hombre y que es
contestada ontológicamente por la unión hipostática y hasta es puesta y hecha
posible por esa misma respuesta»21.
La afirmación de la fe en Cristo además de ser afirmación de la
encarnación, es también, afirmación de Jesucristo muerto y resucitado. Esto
quiere decir, que en él, su destino de muerte ha tenido un desenlace feliz y ha
llevado a la meta la esperanza absoluta, que es al mismo tiempo la nuestra.
La fe cristiana es la elevación de la vocación última del ser humano, es la
respuesta a los enigmas más profundos de la humanidad, es el sí humano que
se une al Sí definitivo y salvador dado por Dios a través de Jesucristo.

En resumen estas son paabras de Karl Rahner, que utiliza el  coraje de la fe. Los que creen que Dios se comunnicó a si mismo en Cristo y confiesan histórica y socialmente esta comunicación de modo explícito. “Fede come coraggio”

 

 

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