Al entrar en la tormenta el azul del cielo fue desapareciendo hasta convertirse en un negro absoluto.. No había luz capaz de penetrarla, de hecho, tuve que encender todas las luces de cabina para poder distinguir los instrumentos, Una fuerte sacudida me hizo poner toda mi atención en la tormenta, pero, de pronto, sentí una “Presencia” a bordo. Seguía volando y tenía esa sensación de sentir el aliento de que alguien que no ves ni sabes quien es, respirando en tu nuca, Al mirar hacia mi derecha el asiento del copiloto estaba vacío, de pronto una especie de “sombra” empezó a moverse lentamente. estaba ahí sentada, era mi copiloto.
. Tenía el tamaño de un hombre adulto alto y fuerte, pero no le podía ver. Lo que veía o me permitía ver, era su contorno. Tenía forma de un hábito de monje, negro, largo hasta los pies. Tenía una capucha también negra con forma cónica y un óvalo donde tenía que estar la cara Pero no había cara, ni pies, ni manos. Solamente su forma nítida, inmóvil, impasible. No se movió en ningún momento, ni giró la cabeza. Daba la impresión de que sabía perfectamente donde estaba y estaba sereno e inmóvil, como esperando, pero ¿esperando a que?
De pronto, la idea de La Muerte me cruzó por la cabeza se quedó acompañándome un rato mas y de repente, tal y como había aparecido, se fue.

La turbulencia, remitía y las nubes, poco a poco iban aclarando. El negro empezó a tornarse en gris y el gris en nubes blancas y el azul del cielo se veía por momentos. La muerte y su hábito, tal vez me alcance la próxima vez

TOMAS CANO

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