LA DUQUESA

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13 de Diciembre de 1979:

 

 

Tenía 26 años y me había casado hacía uno. Era un joven e inexperto Piloto con ansias de volar, de aventura, de aprender a la antigua, de hacer horas y de ganar dinero para sobrevivir y mantener mi reciente matrimonio.

 

Aunque mi meta era la de llegar a Comandante de Aviones de Líneas Aéreas, ahora me encontraba muy lejos de aquella meta, de aquel sueño, y en un lugar muy lejano.

 

Hoy, regresaba solo a Caracas después de transportar en mi viejo Queen Air, el YV-501-P a unos pasajeros Americanos que me llevaron por 3 días a la Isla de San Salvador, en las Bahamas. La Isla donde Cristóbal Colón llegó, por primera vez a Tierra firme descubriendo Las Américas.

 

Isla encantadora y maravillosa donde las haya que me situaba en el punto de origen de la Historia de la vida del Nuevo Continente y que, sin saberlo, casi se convierte también en el final de una historia……………………, la mía.

 

Ese día me levanté temprano y desayuné maravillosamente en la terraza del hotel que se adentraba en el mar a unos 5 metros de altura. Estaba contento.

 

Había hecho varias horas de vuelo y, la noche anterior, en la cena tropical amenizada por música y bailes tropicales, mis clientes, contentos y satisfechos,  me habían dado las gracias y se habían despedido de mí prometiendo contactarme en un futuro y, lo más importante: Me habían pagado.

 

Una vez en el Aeropuerto, donde el único avión que había era el mío, la única pista de aterrizaje estaba cruzada por la mitad por la única carretera de la isla, y el único agente de Inmigración, Aduanas y Vigilante de cerrar las barreras de la carretera cuando aterrizaba o despegaba un avión hacía su labor, el único piloto de la Isla observaba los cielos observando el tiempo que le esperaba en su larga ruta re regreso mientras el único camión de combustible de la Isla le llenaba los depósitos de mi avión.

 

Un hermoso día. Sí Señor.

 

Bien, pongámonos en marcha. Equipos, avión, equipaje, balsa salvavidas, bengalas, cartas, Plan de Vuelo que se tenía que activar por radio una vez en vuelo con Control Bahamas también estaba listo. Motores en marcha, comprobaciones.

 

Despidiéndome con la mano de la Autoridad Local que me miraba como sintiendo mi partida, al fin y al cabo, la noche anterior habíamos compartido una botella de Ron música y bailes locales en mi Hotel que era el punto de encuentro y entretenimiento local, pero yo ya tenía otras ideas en la cabeza.

 

Aceleré mis motores disfrutando de su sonido, respiré hondo y despegué rumbo a casa sobrevolando el Hotel para despedirme de mis amigos que saludaban con la mano mientras me alejaba, despidiéndome de aquel maravilloso lugar desde el corazón.

 

4 horas después, aterricé en San Juan de Puerto Rico. Era mi escala prevista. Aquí, la aviación era lo más avanzado del mundo, así que reposté y revisé mi nave, comí y bebí algo y compré suministros para el camino y me dirigí al FSS (Flight Service Station), donde me enteré de los datos meteorológicos que me esperaban.

 

Las noticias no eran halagüeñas. El primer Huracán tropical con nombre de hombre, el Huracán David, acababa de pasar al sur de la Isla hacía dos días. Preocupado, fui a otra oficina de la FAA donde me enseñaron las imágenes a color de Satélite de David desde su inicio hasta su posición actual que era al sur oeste de Cuba. Estuvimos observando y discutiendo su evolución y su influencia en mi ruta por si fuese necesario esperar a que pasara para proseguir mi vuelo, pensando en mi interior el contraste de infraestructura, información y asesoramiento entre mi Aeropuerto de origen y el de mi escala. Esas cosas enseñan muchas cosas.

 

Decidimos que, según la información actual y los reportes recibidos, no había peligro de grandes tropiezos o inconvenientes, así que nos despedimos, se cumplimentó el Plan de Vuelo y me dirigí a mi avión y despegamos.

 

Ascenso hasta 12.000 pies, bien. Crucero estable y maravillosas vistas me despedían desde San Juan hasta Ponce, punto sur de la Isla y entrada al mar caribe en curso a Caracas. 03.35 horas me quedaban hasta mi destino. Llevaba 30minutos desde mi despegue y todo iba según lo previsto.

 

Hora y media mas tarde, solos mi nave y yo en medio del mar y a hora y media de la tierra mas cercana, todo cambió.

 

Aparecieron nimbo estratos disipados y cúmulo nimbos que cambiaron el color del cielo y rompieron mi rutina haciéndome esquivarlos unos 15 minutos. De pronto, me encuentro un farallón de nubes que subían hasta más de 40.000 pies y negros. Muy negros.

 

Miré hacia abajo y las nubes llegaban casi hasta la superficie del mar, tocando las crestas de las enormes olas que vomitaban espuma de manera increíble debido a los fuertes vientos. Tampoco la podía rodear ya que se me perdía de la vista tanto por la derecha como por la izquierda. Así que había que pensar y rápido. No había combustible para florituras y un error o una avería en esas condiciones y en ese lugar, podían ser los últimos de mi vida.

 

Había que tomar una decisión. Giré 180º con la firme decisión de regresar a Ponce y reanudar mi vuelo una vez disuelto el Huracán, pero David no pensaba lo mismo.

 

Mientras yo “cosía” las nubes avanzando con rumbo sur, David se había cerrado a mis espaldas. Lo vi cuando puse rumbo Norte hacia Ponce. Me encontraba en algo parecido al ojo. Sabía que no lo era, lo había visto por el satélite, pero ahí estaba, rodeándome por todas partes impidiéndome subir, bajar continuar ni regresar.

 

Había que tomar una decisión. Sentí que esto ya lo había dicho con anterioridad, así que sacudí la cabeza, calculé la situación atmosférica, el estado de mi avión, el combustible que me quedaba y pensé que sería lo mejor en ese momento. La respuesta era estar en una playa del Caribe con mi mujer, música y una piña colada. No a lugar.

 

Eché una mano hacia atrás y arrastré a la balsa salvavidas hasta el lado de mi asiento. Pobre consuelo, ya que en ese mar y con los tiburones pocas esperanzas podía tener si me iba al agua, pero algo es mejor que nada y rendirse o desesperarse, no ayudarían en nada.

 

Giré 180º de nuevo, poniendo, nuevamente, rumbo Sur para Caracas. Ajusté los gases, el paso de las hélices y la mezcla. Sintonicé mis 2 VOR’s y mis 2 ADF’s a la costa venezolana en un ángulo de 45º de mi proa a babor y a estribor consciente de los desvíos que podría sufrir  al entrar a la tormenta. Acaricié a mi balsa salvavidas y entramos con determinación en David.

 

 

 

 

 

El cielo limpio y azul del Caribe era hermoso. No parecía que, a pocos minutos detrás, David nos hubiese soltado como un niño que se aburre de su juguete y lo lanza contra la pared, era difícil de creer, a no ser por los daños.

 

Volaba con el motor de babor inoperativo. Se había apagado cuando David nos “escupió” y no quiso volver a arrancar. Los sistemas de anti-hielo de las hélices estaban rotos, al igual que las “botas” de los bordes de ataque de los planos, yo estaba completamente mojado y varios instrumentos de navegación y comunicaciones habían cortocircuitado. Definitivamente habíamos sobrevivido, pero no indemnes. Mi fiel balsa, en algún momento, corrió a refugiarse a la parte trasera del avión buscando mayor seguridad dejándome solo, pero no había tiempo para perder con otras cosas ahora. Se corrigió el rumbo con la poca información que me llegaba de los equipos, con la brújula, que había bailado frenéticamente durante “el cruce” y con el instinto.

 

Válvula de cross-feed abierta, 5º de banqueo a estribor, ajustar potencias, pasos y mezcla, calcular el combustible restante y continuar, con la esperanza de que, el otro motor, no “tosa”, ya que entonces el baño si sería inminente.

 

Quedaba, según mis cálculos, 01:15 horas a mi destino calculados por el DME de Maiquetía y mi velocidad. Mis mayores preocupaciones, eran el combustible y el motor restantes.

 

A 30 minutos de Caracas rumbo Norte, se encuentra uno de los archipiélagos más hermosos del mundo: Los Roques. Yo sabía, porque había ido muchas veces, que en Gran Roque había una pequeña pista de tierra y un parking. Era la primera pista disponible y tuve que esperar casi 45 minutos hasta estar seguro de poder llegar y tenerla a la vista. En ese momento, a la vista de Los Roques, sentí que mi corazón volvía a latir.

 

¿Aterrizaríamos aquí? Un enorme SI estalló dentro de mi pecho. Tierra, seguridad, comida, descanso. Si, aterricemos de una vez, acabemos con la pesadilla.

 

Pero no. Ya nos quedaban solamente otros 45 minutos hasta Maiquetía y el otro motor funcionaba estupendamente, el tiempo era muy bueno y el combustible, parecía suficiente, además, si aterrizaba en Los Roques, no tendría ni mantenimiento ni combustible y tendría que esperar a que alguien, con su avión, llegara a pasar el día y me quisiera llevar hasta Caracas donde tendría que buscar al mecánico, combustible y otro piloto para volver a reparar, probar, repostar y recoger el avión. Además, era jueves, lo que suponía que tendría que esperar hasta el sábado a que llegase alguien ya que solo iban los fines de semana, declarar Emergencia, etc. Todo un lío.

 

Tierra y campo a la vista. Una hermosa vista y una enorme tentación. Me di cuenta de que descendía, pero no, no debía. Era mucho tiempo y dinero el que necesitaría para rescatar a mi avión. Quizás, si llevase pasajeros no lo hubiese dudado, pero éramos solo él y yo y, al fin y al cabo, ya estábamos ahí, juntos,  y todo iba “bien”. Fue una decisión difícil de tomar teniendo en cuenta el estado de mi Queen y del mío, que llevaba volando 8 horas desde San Salvador mas una hora y media de escala en San Juan, y David……..

 

Hubo que hacer de tripas corazón, darle las gracias a Los Roques por su hermosa vista, por su cortesía y cobijo, y seguir.

 

Al poco tiempo, aparece la costa de Venezuela a la vista, con su enorme Cordillera perpendicular a mi rumbo corriendo de Este a Oeste. Ya estaba cerca, se oían por frecuencia los tráficos de Viasa, Aeropostal y Avensa, y también de tráficos particulares con el Centro de Control de Maiquetía. Sentía que estaba a salvo, que pasara lo que pasara, ya estaba dentro del área de cobertura y que, si tenía problemas, podrían enviar a alguien a rescatarme. ¡Como había cambiado la situación! Maiquetía me autoriza a descenso y aproximación a la Pista 09.

 

Mientras descendía ya mas tranquilo, recapitulaba sobre la aventura a la que acabábamos de sobrevivir mi Queen y yo.

 

 

 

 

 

 

Al entrar en la tormenta, el azul del cielo fue desapareciendo hasta convertirse en un negro absoluto. Era lo mas negro que había visto en toda mi vida. No había luz capaz de penetrarla, de hecho, tuve que encender todas las luces de cabina para poder distinguir mi horizonte y mi brújula, únicos instrumentos que, de momento, funcionaban.

 

Volaba a 12000 Ft., aguantando la turbulencia como podía. Tenía que volar a mano ya que el Piloto Automático no aguantaba la fuerza de las sacudidas. De pronto, metido en lo negro mas negro, en medio de enormes y potentes truenos y relámpagos que acallaban algunos de mis gritos de ánimo al avión y mis maldiciones varias a David, me coge una fortísima corriente de aire ascendente a una velocidad que no he vuelto a experimentar nunca mas hasta la fecha. La aguja del Bariómetro estaba pegada al tope superior que indicaba 6.000 ft/min.

 

Aceleré los motores ajustando el paso de mis hélices para mayor potencia y bajé el morro para obligarle a descender. No hubo manera. Llevada algo mas del 90% de la potencia metida y no quería forzar demasiado los motores en esas circunstancias, pero, aún con todo eso, el avión seguía subiendo y subiendo con la cola hacia arriba y el morro hacia abajo. De pronto, sentí como si me hubiesen dado un fuerte golpe con un martillo gigante. No sabía lo que podía ser. Yo luchaba por mantener los planos nivelados ya que el huracán me podía hacer girar y girar sin control, mareándome y perdiendo la orientación espacial terminando por estrellarme. No sería el primero.

 

Cuando el avión dejo de subir pegué una ojeada a los instrumentos y al exterior. No me lo podía creer. ¡Estaba a 24.500 ft.! y ¡sin oxigeno!. Como si esto fuera poco, no podía ver absolutamente nada en el exterior. Una capa de hielo de casi un centímetro, o quizás mas, cubría toda la cabina y, si eso era así, tanto mis planos como mis motores y sus hélices debían de estar igual. Un frío seco se apoderó de mí. ¡Tengo que bajar!, ¡como sea! La falta de oxígeno te hace perder el conocimiento en segundos, el frío no te deja pensar y te mata, y el hielo, rompe la sustentación de los planos, apaga los motores y destroza las hélices, definitivamente había que salir de ahí de inmediato.

 

Calma, mucha calma. Muévete lento, respira lentamente, empuja la palanca, acelera y mueve el paso variable para romper el hielo de las hélices, pero, sobretodo, ¡Baja!, ¡Sal de ahí!

 

Ni bien terminado de pensar esto, nos coge la ráfaga descendente. Era pavoroso. El avión bajaba a una velocidad de vértigo, cosa que por una parte me tranquilizaba porque me llevaba a niveles donde podía respirar y también librarme del hielo, pero el bajar a esa velocidad esta vez con el morro hacia arriba para intentar frenar el veloz descenso, no dejaba de ser una extraña situación. El descender “de cola” a máxima potencia y a mas de 6.000 ft/min. Sin saber cuando se detendría no era agradable para nada, y más intentando controlar que el avión volara y no se diese la vuelta. Si esto sucedía, no habría ya nada que pudiese hacer.

 

Bruscamente, cuando ya veía las crestas de las enormes olas como queriendo lamerme, el descenso se detuvo y un ruido ronco, largo y ensordecedor, nos envolvió. Era Lluvia.

 

Respiré aliviado por el momento. Me encontraba a 8.000 ft.de altitud, y la lluvia me quitó de encima todo el hielo que llevaba. El avión había resistido y luchado como un valiente contra el feroz y gigantesco enemigo que, curiosamente, se llamaba David, en lugar de Goliat, pero no todo había terminado.

 

La cantidad e intensidad del aguacero era tal, y el viento tan fuerte, que, no se como ni porqué, el agua comenzó a entrar en la cabina. El temor ahora a un cortocircuito y posible fuego en cabina me atenazaba. Yo me encontraba empapado y luchando contra el temporal. No sabía ni cuanto tiempo llevaba ahí, ni cuando saldría, y me sentía solo.

 

Hubiese dado cualquier cosa por tener algún acompañante, piloto o no, que me hiciera compañía, que me ayudase con las cartas, con la radio. Alguien con quien hablar. Me sentía solo, cansado y asustado y ya empezaba a flaquear. Las fuerzas me abandonaban, el miedo ganaba terreno y perdía las esperanzas con cada minuto que pasaba. Mentalmente me despedía de mi mujer con amor y tristeza. ¡Vaya forma de enterarse la pobre que había muerto!

 

Otra fuerte sacudida me hizo volver a la realidad y poner toda mi atención a la tormenta, pero, de pronto, sentí una “Presencia” a bordo. Seguía volando y esa sensación de sentir el aliento de que alguien que no ves ni sabes quien es respirando en tu nuca, no se separaba de mi.

 

Al ver hacia mi derecha el asiento del copiloto vacío, una especie de “sombra” empezó a moverse lentamente. Yo me decía que me estaba volviendo loco o, quizás era la fatiga que me hacía ver alucinaciones. Me frotaba los ojos y volvía la vista al asiento “vacío” que ya no lo estaba. ¡No me lo podía creer! Yo no soy creyente. Mas bien soy de pensamiento lógico y científico y rechazo lo esotérico y religioso que no pueda probarse científicamente, sin embargo, “eso”, estaba ahí sentado, era mi copiloto.

 

Le observaba detenidamente, maravillado, incrédulo. Tenía el tamaño de un hombre adulto alto y fuerte, pero no le podía ver. Lo que veía o me permitía ver, era su contorno. Tenía forma de un hábito de monje, negro, largo hasta los pies, liso, sin adornos. Tenía una capucha también negra con forma cónica y un óvalo donde tenía que estar la cara.

 

Pero no había cara, ni pies, ni manos. Solamente su forma nítida, inmóvil, impasible. No se movió en ningún momento, ni giró la cabeza. Daba la impresión de que sabía perfectamente donde estaba y estaba sereno e inmóvil, como esperando, pero ¿esperando a que?

 

Yo si me moví, conteniendo el temor para ver si distinguía alguno de sus rasgos o sus miembros. No pude distinguir nada y, sin embargo, ahí estaba. Me puse a pensar que demonios podría ser aquello mientras volaba manteniendo rumbo y altura y, de pronto, la idea de La Muerte me cruzó por la cabeza. ¡Joder!, ¡no, no!, definitivamente ¡no!, ¡no puede ser!, ¿a mi?, ¿ahora?, ¿aquí?, ¡no! ¡Definitivamente no! ¡Y menos ahora!

 

Terminando estos pensamientos, y como si telepáticamente me contestara la sombra, mi mente dijo: ¿y por que no?

 

¡Coño!, pues buena pregunta: ¿Por qué no? Total, pensándolo bien, nadie vive para siempre ni se tiene la vida garantizada por un período específico de tiempo, así que ¿Por qué no?

 

Le dije: Pues verás, soy joven y hay muchas cosas importantes que tengo que hacer antes de palmarla. Tengo una hermosa mujer a la que adoro que me está esperando y no tiene ni puta idea de que estoy aquí, ahora, hablando contigo aunque no me mires y no me la imagino sola, además, si ella lo supiera, vendría y te echaría de aquí a patadas, o nos tendrías que llevar a los dos por delante. Porque tenemos una Familia que formar y estamos empezando y no es fácil, ¿sabes?, ya nos ves aquí, y porque quiero conocer y disfrutar de mis nietos, así que, si te parece, te largas de mi avión y ya nos veremos dentro de varios años y, eso si, prometo no ponerte problemas cuando llegue el momento, ¿de acuerdo? Y ahora, por favor lárgate y déjame navegar.

 

Todavía se quedó acompañándome un rato mas, como pensándoselo. Yo ya no me sentía afligido por su compañía y de repente, tal y como había aparecido, se fue.

 

La turbulencia, remitía y las nubes, poco a poco iban aclarando. El negro empezó a tornarse en gris y el gris en  nubes blancas y el azul del cielo se veía por momentos. ¡Bien! Dije. Empezamos a salir.

 

Estaba a 3.000 ft., y ya en base izquierda para la aproximación a la RWY 09 de Maiquetía con un día despejado, salvo por algunas nubes en las montañas que separaban el Aeropuerto costero de la ciudad al otro lado de las mismas por donde corría la Cota Mil. El combustible de un depósito se había terminado hacía ya algún tiempo y en el restante, la luz re reserva llevaba encendida un par de minutos.

 

A dos o tres millas de la pista viré a final ya autorizado para aterrizar cuando un DC-9 de Aeropostal en configuración de aterrizaje y con el tren fuera, se metió por encima de mí y a escasos 4 ó 5 metros sacudiéndome con el rebufo de sus turbinas y sacándome de mi rumbo mas de 90º y casi me pone el avión por sombrero. ¡Vaya colegas!

 

Como pude recuperé el control y me dirigí directamente a la pista completando un 360 obligado sin más miramientos ni demoras. De la Torre de control escuché el siguiente mensaje: “YV-501-P, autorizado a aterrizar pista 09 con viento calma”. Le colacioné la autorización y me vuelve a decir: “YV-6501-P, ¿me confirma que viene con un motor inoperativo?, ¿Quiere Ud. declarar emergencia?”

 

¿Declarar EMERGENCIA?, ¿Ahora? Yo pensaba: Después de todo por lo que he pasado, después de David, de mi Visitante, de mi lamentable condición, ¿vas a declarar Emergencia ahora que ya estas casi en la pista? No, antes, si hubiese podido la hubiese pedido, de hecho, la pedí con desesperación en 121.5 y en 121.8 y en todas las que pude sin que nadie me respondiese cuando la necesité de verdad, ahora, después del Aeropostal y estando aquí………………….

 

“Negativo Maiquetía. Tengo el motor izquierdo parado para  entrenamiento de aproximación con un motor operativo. Muchas gracias”

 

“Recibido YV-501-P. Autorizado a aterrizar”, y aterricé con un motor. Al cortar gases y frenar. Mi motor operativo “tosió” dos veces y se paró. Con el impulso que me restaba abandoné la pista y pedí un remolque que me llevara al parking. Los Indicadores de combustible marcaban cero.

 

 

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